viernes, 1 de marzo de 2013

Entre les Bras


Hasta este momento, el hecho de que mi mujer fuera la hermana de una cocinera exquisita me había deparado algunas cuantas satisfacciones gastronómicas (no menores) y, claro está, algún kilo de más. Pero tensiones o preocupaciones, absolutamente ninguna (lógicamente, no estoy considerando “tensión” al hecho de tener que evaluar si aceptar un poco más del principal puede llegar a atentar contra mi capacidad de probar el postre).

En más de una ocasión mi cuñada había invadido con sus ajíes, berenjenas, castañas y —siguiendo en orden alfabético— otros muchos alimentos,  los hierros calientes de mi parrilla. Ese robo del calor de las brasas, para complementar (a veces, opacar) la carne que comeríamos, se inscribía en el contexto de la confianza y amistad ganada con los años.

Se que muchos querrían tener a María a su lado, con el aceite de oliva extra virgen en mano, constatando la frescura de la materia prima y advirtiendo sobre el punto de cocción ideal. Es que, más allá de su talento, mi ocasional compañera de fuegos tiene una sólida formación, con más de un pergamino destacado. Entre ellos, haber estudiado en Laguiol, Francia, con Michael Bras, quien, por supuesto, no necesita presentación.

De esas épocas de cocinera en formación, y de las mutuas visitas ulteriores (de ellos mismos y de otros familiares: Sébastian, hijo de Michael y, como él, recontra super reconocido chef, trabajó en Argentina con María), quedó una entrañable relación Bras-Barrutia, de la que recientemente fui testigo directo (o, mejor, testigo-asador).

Hace pocos días, y como quien no quiere la cosa, María me pidió que hiciéramos en el fondo de casa un asado para unos amigos franceses, sin contar que no podría disimular la dimensión de los invitados luego de unos cuantos años de apostar por un cuñado sibarita.

Acepté raudo, en la inteligencia de que sería prácticamente un encendedor de fuego y distribuidor de brasas, y recién después fui advirtiendo que María pretendía ofrecerle un asado nuestro “tal cual es”, lo que implicaba que yo tenía que comprar la materia prima, prepararla, encender el fuego y echar la carne, controlar su punto y servirla mientras ella se ponía al día con nuestros invitados —un poco más de ella que míos—.

La noche anterior al día “D” (o día “B”, en este caso) fue tortuosa. En mis épocas de colegio secundario, para estudiar francés, se usaba el “sans frontières” y en algún intersticio de mis neuronas había quedado grabada una frase de la lectura en la cual un grupo de jóvenes sonrientes, sanos y rubios, iban de camping: “c’est interdit de fair du feu” [prohibido encender fuego].

En la víspera, soñé que un inspector francés me esperaba en el fondo de mi casa. Yo trataba de explicarle que ese cartel no había estado jamás —el francés de mis sueños es mucho más fluido que el que balbuceo en el mundo de los despiertos—, que no había razón para impedirme hacer el fuego. Trataba de convencerlo, primero, con argumentos lógicos —todo lo lógico que puede ser un argumento onírico—, luego simplemente le lloraba, más tarde le ofrecía el mejor soborno a mi alcance: un buen chori, pero el inspector era inconmovible, incorruptible.

Me desperté traspirado. Bajé de la cama, controlé que las bebidas ya hubiesen sido puestas en la heladera, di algunas vueltas y concilié nuevamente el sueño.

Volver a dormir fue la peor decisión. Es que, ahora, sin inspector ni carteles a la vista, fue el tiempo de la rebelión de los carbones, que no quisieron encender. Yo probaba todas las tácticas, soplaba hasta no pasar una ergometría, agitaba abanicos al ritmo de Locomía y nada. Entonces apareció mi mujer y dijo:

— “no te preocupes, no es nada, le pasa al mejor asador, lo terminamos al horno y lis…”

    NOOOOOOOOOO

La interrumpí, y esta vez desperté a toda la familia.

Pero los sueños, sueños son. Y el asado se coció, y tuvo éxito (por sus méritos, por los vinos de precios inmorales que había para acompañar, o por falta de mejor alternativa, vaya uno a saber), y todos la pasaron bien y brindaron por los encuentros futuros.

Ah... y aunque suene difícil de creer, toda la conversación giró en torno de los trenes.

4 comentarios:

  1. S A L: Primero que nada... ya era hora! demasiadas semanas sin sus relatos empezaban a preocuparme.
    Segundo, el relato está fantástico, jugoso, liviano, sabroso, y no me estoy confundiendo con la tapa de asado que debe haber dorado a las brasas. Tus letras cada vez suenan más armónicas -si se permite-.
    Tercero y último: los franchutes sabrán apreciar debidamente sus cuentos ferroviarios.
    Hace mucho no me lo cruce por los infames pasillos... para cuándo el compilado en papel?

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    1. gracias Agustín! Es cierto, hace mucho que no nos cruzamos, ojalá sea pronto. Ya veremos cuando estas historias manden "cruel en el papel". Un abrazo.

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  2. Las bromas que nos juega el inconsciente siempre tienen su correlato en la realidad. A mi me preocupa el vino tan caro...

    (Póngale un índice al blog, dele)

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    1. el vino caro, es un problema de los que pueden apreciar los matices, las diferencias. Yo creo que no estoy capacitado para ello. Un índice al blog? No, deje, a ver si alguien logra encontrar algo...

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