viernes, 8 de agosto de 2014

El revolucionario

Todos marchan al after office. Salvo ellos dos.
La oficina queda en silencio, causando extrañeza en ella que rara vez se va tarde. En él, que es nuevo, la extrañeza obedece a todo. Es ella la que inicia la conversación:
-         ¿Revolucionario?
-         ¿Eh?
-         Sí, me das revolucionario. Quiza porque no te fuiste con los demás, marchando como soldaditos del capitalismo en busca de diversión políticamente correcta.
-         ¿Te parece de revolucionario llegar a horario a la oficina, con camisa planchada y aceptando todas las normas de convivencia establecidas? Podría ser gay y no tener ganas de tener que rechazar a alguna chica…
-         Sos gay?
-         No.
-         Entonces sos revolucionario…
-         Y dale con eso.
-         Fijate lo rápido que negaste ser gay, y en cambio seguís sin negar que sos revolucionario.
-         “Soldaditos del capitalismo”, “revolucionario”, ¿qué te pasa, atrasas un par de décadas? ¿Y vos por qué no vas? ¿Acaso tenés un pasado alcohólico o cocainómano, en el que te acostabas con tipos por dinero, y en tu rehabilitación te prohibieron ir de bares?
-         (impostado gesto de ofensa) ¿por qué decís algo así?
-         No te ofendas, era en joda… Ya que querés saber, la respuesta es: no. No soy revolucionario, vivo lejos y si me quedo pierdo el último tren. Además vivo solo y el perro me espera para salir. Si llego tarde no me espera más y encuentro la casa meada.Y fundamentalmente, la única persona que me interesa de esta oficina tampoco fue.

silencio

-         Me encantan los perros y viajar en tren, ¿te puedo acompañar?
-         Me equivoqué, te gusta avanzar, bien de las chicas de esta década. No atrasás nada. Mientras no me cobres…
-         ¿qué decís? (ya sin gesto de ofensa)
-         como no lo negaste…

lunes, 16 de diciembre de 2013

Romo y el Ogro

Romo que reniega de su nombre (Romualdo), pero no de su apodo, es prolijo, metódico, algo introvertido, y le encanta el fuego. Puede pasar horas mirándolo, agregando maderas o acomodando las que ya arden. A veces siente que todo lo que tiene es el fuego y el cielo.

Vive al lado de las vías, en esa hilera de casas que hoy ya son una microciudad y, cuando hay trabajo, ofrece su cuerpo flaco a la construcción de inmuebles que nunca podrá habitar.

En el mediodía de la construcción deja el cemento y se ocupa del asado. Poco a poco, sumó a su facilidad para encender rápidamente un fuego digno, ciertos criterios de cocción: ofrece en primer término el hueso al calor, cuida que la carne no se arrebate midiendo con sus castigadas palmas la temperatura que le llega, y aún cuando la materia prima no suele ser de la mejor calidad, procura conservar un punto de cocción que deje ver algo del animal que fue.  

Hace poco, trabajó en la remodelación de un hotel de lujo y soñaba con que el jefe de cocina lo viera hacer el asado para la cuadrilla y lo convocara a la cocina, a la que espiaba cuando podía. Romo nunca concretará su sueño, siquiera podrá seguir prendiendo fuegos para calentarse o cocinarse.

La prisión le quitó a su padre cuando era un niño y le dejó un pánico que lo lleva a desistir sistemáticamente de las invitaciones a las rondas en las que otros jóvenes del barrio obtienen botines varios.

El ogro que nunca conoció a su padre y también gusta de su apodo, visitó una carnicería y a falta de efectivo que lo satisficiera, completó su robo con unos tiros y un botín especial. Volvió al barrio y mandó llamar a Romo. Temeroso, Romo acudió. Le encargaron que se hiciera cargo del banquete. Romo encendió el fuego en el descampado, bien cerca de las vías. Sabía que cuando pasaba el tren se hacía una correntada que lo ayudaría en el encendido. Nunca había hecho una pieza de carne de tanto espesor y debió amainar la ansiedad general. Recién cuando la carne estaba cobriza y dorada por fuera y destellaba rojo furia en su interior, la sacó del fuego, dejó que mermara la crispación de los jugos internos, la cortó y sirvió. El ogro, poco conocedor, se quejó. Entonces, el orgullo de Romo —tal vez potenciado por el hartazgo del sometimiento a los designios del ogro— pudo más y se le plantó como nunca nadie lo había hecho. Cuando la cosa estaba áspera, y el Ogro había sacado su arma, llegaron varios móviles policiales, en busca de los autores del robo a la carnicería.

La balacera no tardó en escucharse. Del Ogro no se supo más. Romo, con su piel cobriza y dorada, era rojo furia en su interior, pero sus jugos mermaron su crispación fuera de su cuerpo, gracias a tres conductos de nueve milímetros de diámetro.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

El sonido de los grillos

El padre duerme al hijo cuando éste se sobresalta por las noches.

Fue una conquista de su mujer. Al principio permanecía inalterable cuando el niño lloraba, hasta que un día la mujer estalló y lo increpó. Él, entonces, se hizo cargo de la tarea; en su correcta evaluación, el grito de ella era menos controlable que el marraneo del recién nacido.

Aprendió, con sorprendente habilidad, a hacer el biberón con una sola mano, mientras tenía con la otra al chico. Conoció en poco tiempo la mejor posición para dormirlo, y el ritmo justo con el que golpearlo suavemente en la cola. Pero jamás le tomó la mano al descargo del infante en la cuna. Ese depósito, indefectiblemente, llevaba al inicio de la escena: llanto desgarrador, apertura de boca, tetina en ella y vuelta a empezar.

El padre entonces, empezó a pasar largas horas en la silla mecedora. Jamás logró dormir en ella. Se entretuvo con el sonido de los grillos. Llegó a detectar dos momentos en los que se alteraba el ritmo del canto de esos bichos. Contó repeticiones, midió duración del sonido emitido, e intensidad del mismo, y hacía sus anotaciones. Todo ello con la mano hábil. Así, logró demostrar, que la compactación de la basura los ponía frenéticos y que, en cambio, el paso del tren carguero, armonioso, melódico, los relajaba.

Pero no fue una tarea sencilla, debió esconder cuadernos, biromes y algunos dispositivos técnicos menores. Debió, también, ser paciente y tomar muchas muestras. Su hijo creció, y cuando éste ya era un infante de cierta magnitud, hubo sobornos. Se sorprendió por lo bien que el niño hacía su papel de llorón nocturno, y también se sorprendió por los reclamos de una paga mayor (en cantidades de golosinas).

Justo cuando tenía su tesis casi armada, la mujer, harta de verlo ojeroso durante el día, lo descubrió. Sus gritos fueron terribles y él perdió su lugar en la casa. Hoy deambula, sin éxito alguno, por distintas universidades, procurando que lean su tesis, y también extraña mucho a su hijo.

viernes, 27 de septiembre de 2013

Abandono

-¿Cómo están los trenes? Me pregunta hoy, un conocido.
-Abandonados. Contesto con sinceridad.

Ese conocido es seguidor de este blog y ambos sabemos que hacemos referencia a este espacio. ¿O no?

miércoles, 3 de julio de 2013

Trenes y rosas

Rosa viejo,
rosa claro,
rosa intenso,
brillante rosa

tanta rosa que al final…

... roza el tren
la motoneta,
y en el aire la silueta
se remonta perezosa.

Sirven café en el velorio
y té de rosa mosqueta,
su madre no disimula
la rosácea de la jeta.

La situación es pasmosa,
y me deja anonadado:
su labio fue maquillado
con un furibundo rosa

Al fin queda tendido
el cuerpo bajo la tierra,
y una rosa lo celebra
nutriéndose del podrido.

martes, 23 de abril de 2013

Radio Colonia


Favea uno, favea dos. Twittea. Lee, lee, lee. Saca ojos de pantalla. Mira cartel. Lo mira rápido –abreviado- como escribe.
Se sube al gusano metálico en la creencia de que cuando el cartel dice Mitre es Mitre. Pero a veces el cartel dice Mitre y es Suárez, otro ramal que comparte, en parte, la vía: http://www.gusanosmetalicos.blogspot.com.ar/2009/10/mitre-o-suarez.html . Ese mismo cartel que a veces dice que faltan 3 minutos para que llegue el próximo tren y, sin embargo, pasan 7 conjuntos de sesenta segundos hasta que el número 3 se transforma en 2.
El cartel es parte de la cosmética. Un maquillaje carísimo para una anciana que está por colapsar. El cartel es también promesa, ilusión, dicen que la anciana rejuvenecerá (quien sabe, solo le den un DNI de pendeja, total tienen la fábrica).
El ojo sigue leyendo y, a la vez, mira lateralmente. Pasa un barrio conocido, pasa otro que no dice nada, hay algo de alarma, el tren no era Mitre, era Suárez, hay que bajar.
La sensación es rara. Es la de un freno sobre la cabeza. El vértigo interior contrasta con la sueñera tibieza del sol, con la pereza de un chango con verduritas arrastrado sobre adoquines, con un taxi que no se apura en frenar y que escucha radio Colonia.
Un rapto de extraña alegría invade al protagonista, piensa en dejar todo hoy, comer algo por aquí. En ese momento, entra un mensaje urgente... y de vuelta a la frenética rutina.

viernes, 22 de marzo de 2013

Una ilusión


Afuera es de noche y el frío es brutal. Adentro de la cueva el calor humano apenas alcanza a atenuarlo. El crío suelta la teta de su madre y se trepa al padre, que reposa preocupado pensando en que mañana deberá conseguir alimento, lo distrae, le sonríe, lo hace sonreír. No hay otro lenguaje que el de las sensaciones, algo pasa por el tálamo, es una ilusión que ayuda a los humanos —que siempre estamos solos— a seguir viviendo.

Afuera es de noche y el frío es brutal. Eso no impide que el pueblo se haya juntado en la plaza a ver la final. El pibe, que es hábil aunque algo tímido, recibe la pelota y encara, elude y dispara más allá de las leyes de la física. La parábola se transforma en gol. Corre, festeja, y lo señala al padre. No hay otro lenguaje que el de las sensaciones, algo pasa por el tálamo, es una ilusión que ayuda a los humanos —que siempre estamos solos— a seguir viviendo.

Afuera es de noche y el frío es brutal. Adentro del vagón el calor humano apenas alcanza a atenuarlo. El tren debe recorrer cientos de kilómetros, entonces gana velocidad, se lo siente en el cuerpo, el andar es armónico y la nena se acurruca junto a su mamá. No hay otro lenguaje que el de las sensaciones, algo pasa por el tálamo, es una ilusión que ayuda a los humanos —que siempre estamos solos— a seguir viviendo.

viernes, 1 de marzo de 2013

Entre les Bras


Hasta este momento, el hecho de que mi mujer fuera la hermana de una cocinera exquisita me había deparado algunas cuantas satisfacciones gastronómicas (no menores) y, claro está, algún kilo de más. Pero tensiones o preocupaciones, absolutamente ninguna (lógicamente, no estoy considerando “tensión” al hecho de tener que evaluar si aceptar un poco más del principal puede llegar a atentar contra mi capacidad de probar el postre).

En más de una ocasión mi cuñada había invadido con sus ajíes, berenjenas, castañas y —siguiendo en orden alfabético— otros muchos alimentos,  los hierros calientes de mi parrilla. Ese robo del calor de las brasas, para complementar (a veces, opacar) la carne que comeríamos, se inscribía en el contexto de la confianza y amistad ganada con los años.

Se que muchos querrían tener a María a su lado, con el aceite de oliva extra virgen en mano, constatando la frescura de la materia prima y advirtiendo sobre el punto de cocción ideal. Es que, más allá de su talento, mi ocasional compañera de fuegos tiene una sólida formación, con más de un pergamino destacado. Entre ellos, haber estudiado en Laguiol, Francia, con Michael Bras, quien, por supuesto, no necesita presentación.

De esas épocas de cocinera en formación, y de las mutuas visitas ulteriores (de ellos mismos y de otros familiares: Sébastian, hijo de Michael y, como él, recontra super reconocido chef, trabajó en Argentina con María), quedó una entrañable relación Bras-Barrutia, de la que recientemente fui testigo directo (o, mejor, testigo-asador).

Hace pocos días, y como quien no quiere la cosa, María me pidió que hiciéramos en el fondo de casa un asado para unos amigos franceses, sin contar que no podría disimular la dimensión de los invitados luego de unos cuantos años de apostar por un cuñado sibarita.

Acepté raudo, en la inteligencia de que sería prácticamente un encendedor de fuego y distribuidor de brasas, y recién después fui advirtiendo que María pretendía ofrecerle un asado nuestro “tal cual es”, lo que implicaba que yo tenía que comprar la materia prima, prepararla, encender el fuego y echar la carne, controlar su punto y servirla mientras ella se ponía al día con nuestros invitados —un poco más de ella que míos—.

La noche anterior al día “D” (o día “B”, en este caso) fue tortuosa. En mis épocas de colegio secundario, para estudiar francés, se usaba el “sans frontières” y en algún intersticio de mis neuronas había quedado grabada una frase de la lectura en la cual un grupo de jóvenes sonrientes, sanos y rubios, iban de camping: “c’est interdit de fair du feu” [prohibido encender fuego].

En la víspera, soñé que un inspector francés me esperaba en el fondo de mi casa. Yo trataba de explicarle que ese cartel no había estado jamás —el francés de mis sueños es mucho más fluido que el que balbuceo en el mundo de los despiertos—, que no había razón para impedirme hacer el fuego. Trataba de convencerlo, primero, con argumentos lógicos —todo lo lógico que puede ser un argumento onírico—, luego simplemente le lloraba, más tarde le ofrecía el mejor soborno a mi alcance: un buen chori, pero el inspector era inconmovible, incorruptible.

Me desperté traspirado. Bajé de la cama, controlé que las bebidas ya hubiesen sido puestas en la heladera, di algunas vueltas y concilié nuevamente el sueño.

Volver a dormir fue la peor decisión. Es que, ahora, sin inspector ni carteles a la vista, fue el tiempo de la rebelión de los carbones, que no quisieron encender. Yo probaba todas las tácticas, soplaba hasta no pasar una ergometría, agitaba abanicos al ritmo de Locomía y nada. Entonces apareció mi mujer y dijo:

— “no te preocupes, no es nada, le pasa al mejor asador, lo terminamos al horno y lis…”

    NOOOOOOOOOO

La interrumpí, y esta vez desperté a toda la familia.

Pero los sueños, sueños son. Y el asado se coció, y tuvo éxito (por sus méritos, por los vinos de precios inmorales que había para acompañar, o por falta de mejor alternativa, vaya uno a saber), y todos la pasaron bien y brindaron por los encuentros futuros.

Ah... y aunque suene difícil de creer, toda la conversación giró en torno de los trenes.

jueves, 25 de octubre de 2012

¿y a la mosquita qué le pasó?


La nochecita era cálida.

Buenos Aires estuvo invadida de agua y viento hasta ese día y la primavera, que casi no había asomado, esa noche se reivindicaba.

Retiro estaba poco poblada. En las ausencias de esa hora se adivinaban cuerpos amontonados horas antes, pujando por un lugar en el vagón para llegar a casa con luz de día y, quien sabe, tomar un mate en el balcón.

Entre la luz tenue, y las ventanillas abiertas por el calor, vuela un carnet, una tarjeta, un papelucho. La vista de varios se dirige, entonces, a ese grupo de chicos y chicas de 7 u 8 años que cuentan y reparten sin escrúpulos el botín del día.

Nadie dice nada, y las miradas que se concentran en ellos tienen mas tristeza que bronca.

Entre los chicos, hay uno más pequeño. Tendrá unos cuatro años, y la cabeza en otro lado:

- ¿y a la mosquita qué le pasó? pregunta, y yo caigo en la cuenta que quedó impresionado por la gigantografía de un veneno para moscas en aerosol que acabamos de dejar atrás; ya sabemos que la propaganda manda cruel en el cartel.

- cayó muerta bien muerta. Contesta otro.

- pero, ¿y a la mosquita qué le pasó? Repregunta el chico con la lógica de quien no se representa la muerte aún.

- nada, nada, siguió volando, le dice una chica de su grupo.

- pero, ¿y a la mosquita qué le pasó?

martes, 14 de agosto de 2012

La misma vía

En mi infancia los lujos eran pocos, pero qué lujos!

Las vacaciones, por ejemplo, transcurrían en el campo; esto es, en un pueblo perdido en el medio de Entre Ríos (al que, entonces, sí llegaba el tren de pasajeros). El viaje era toda una odisea. En Lacroze mismo, cuando el tren empezaba a rodar, mi abuela abría su paquete de sándwiches de albóndigas que inundaba de olor a ajo el coche turista. Yo comía dos o tres, con mucha mayonesa, y siempre convidábamos a los ocasionales vecinos de asiento.

Cruzar el puente de Zárate - Brazo Largo implicaba escuchar la historia de siempre: antes los vagones eran subidos a una especie de balsas, el viaje tomaba todo un día, las mujeres solían descomponerse. Abajo, el Paraná de las Palmas lo escuchaba sin rezongar.

En Domínguez había que bajar. Como la estación era mucho menos larga que el tren, había que avisar al guarda, para que pida al maquinista que calcule la detención de modo tal que justo nuestro coche quede frente al andén, el resto del tren flotaba en la noche (siempre se llegaba de noche).

Ya en la casa del hermano de mi abuela, se armaban tertulias a lo grande: dulce de higo recién hecho, quesillo de los alemanes de Colonia Ana y discusiones filosóficas de fuste. Recuerdo que en una ocasión a una silla del patio le habían cambiado los almohadones y luego la estructura de hierro: ¿era o no la misma silla? Ni Heráclito ni Parménides se hicieron presentes y tuvimos que deliberar solos.

El otro día quería recobrar esa discusión filosófica y se la plantee a un amigo; pero como íbamos en tren, a la salida del trabajo, cambié el ejemplo por uno más a mano y le dije:

- ¿Podríamos decir que éstas vías por las que vamos son las mismas vías de siempre aunque se hayan sustituido primero los rieles y luego los durmientes y del material original ya no quede nada?

Rápidamente me di cuenta de que el ejemplo no era acertado, que esos centenarios hierros y durmientes jamás fueron cambiados… RUIDO ENSORDECEDOR, DESCARRILAMIENTO.

martes, 7 de agosto de 2012

Que no se corte


Por razones de seguridad personal no daré más datos sobre su ubicación. Saben, y con eso deberán conformarse, que está en las inmediaciones de una terminal de trenes. 

De hecho, suelo cortarme al salir de mi trabajo, cuando camino hacia esa terminal.

En la peluquería en cuestión, montada antaño y conservada como tal, el dueño atiende la caja y tres peluqueros de la vieja guardia hacen lo suyo en las giratorias con descanso de hierro.

Alguna vez, mientras esperaba, vi al dueño levantarse para ir al baño, o buscar una tasa de té. En esos casos, apartando parcialmente mi vista de las revistas de ocasión —con algunos pelos ajenos en su interior que, corriente de aire mediante, llegaron hasta ahí cuando eran barridos— pude ver como rigurosamente retiraba la llave de la caja, aún cuando se apartara unos pocos segundos.

El tipo, que no había perdido el acento de su tierra, vive al fondo de la peluquería. Mi calidad de cliente habitual me permitió saber que casi no sale, que no tiene familia en el país y que se dedica en exclusividad a su comercio que, por cierto, parece rendirle bastante. Claro está, nunca pude saber qué hace con aquel rendimiento.

Yo voy cada tanto, en general dejo pasar unos dos meses, a veces un poco más, entre corte y corte. De todos modos los muchachos ya me conocen, al punto de poder preguntar “¿cómo siempre?”, y empezar su tarea antes de escuchar el “sí” que indefectiblemente contesto.

Las últimas tres veces no estaba el dueño. La primera me llamó la atención y pregunté por ello, “se fue a su tierra a visitar a su familia”, fue la lacónica respuesta. Nada más, ningún detalle. En la segunda ocasión, dije “se ve que la está pasando bien, que no vuelve”, y apenas si escuché un “ajá”. En mi última visita a la peluquería, y mientras la navaja hacía su trabajo, comenté al pasar, lo lindo que debe ser la tierra natal del dueño, y el filo fue presionado algo más de lo aconsejable y unas gotas de mi sangre mancharon mi camisa.

Ya en el tren, de vuelta a casa, agradecí haber salido de la peluquería y decidi que era mejor olvidarme del asunto.

viernes, 6 de julio de 2012

Chau Román, gracias por todo.

Tuve, una vez, una novia italiana, nacida en la capital de aquel país, que, por cierto, estaba muy buena. Quizás haya sido la mujer más linda con la que alguna vez tuve sexo. Pero su genio era algo difícil de llevar para los demás (probablemente, también para ella).

Solía estar de mal humor, enemistada con la vida, el dolor de cabeza era reiterado y, en muchas ocasiones, simplemente, lloraba.

Yo la llamaba Romana, cariñosamente, hasta que un día, como desafiando al mundo, se cortó el pelo al ras. Seguía siendo hermosa, lo que no me impidió eliminar la última letra de su apodo, y empezar a llamarla, simplemente (aunque con el mismo cariño), Román.

Lástima que el cambio solo ocurrió cabeza afuera, y los momentos sublimes, de disfrute, de diversión, de juego, quedaron relegados a los cada vez más efímeros interregnos entre su insatisfacción previa y la porvenir.

Un día, caminábamos cerca de la terminal de trenes del pueblo. Repentinamente, me dijo chau, me voy, te amo, siempre te amaré, pero estoy vacía, no tengo nada para dar. Se subió al tren y se fue a la Ciudad.

Al principio me desconcertó, pero rápidamente me di cuenta de que era inaguantable y que fue lo mejor que podía pasar. El tren comenzó a alejarse y le grité: Chau Román, gracias por todo.

jueves, 28 de junio de 2012

Un sueño caro

Nuestro vínculo es apasionado. Ella aparece seguido, irrumpe, se mete en mis sábanas, consume mi piel y ofrece el perfume de la suya.

Su rostro, como el de todos, es cambiante. Es Ana Belén pidiéndome que la contamine, que me mezcle con ella. Otras veces es Gatúbela, gentil y brutal. O una nena imitando a Rafaela Carrá. Pero siempre es ella, dulce, inteligente, sexual.

Será por eso que cada vez me cuesta más el pasaje a la dimensión del tiempo lineal, de la que no me acuerdo casi nada; apenas si recuerdo que tras levantarme tomo un tren y que ya en el vagón miro a todos lados queriendo encontrarla, como si supiera que ella también está a bordo, buscándome.

lunes, 4 de junio de 2012

Sin fin

Retiro es, en varios aspectos, una alegoría de la imagen que nos formamos los humanos sobre la materia. Esa imagen, por necesidad intrínseca del sapiens sapiens, tiene un límite, un fin, un elemento irreductible (primero fue el átomo, luego su núcleo, ahora quién sabe qué).

Las evidencias muestran que no hay fin, que debemos echar mano al término infinito, que siempre hay más o menos. Pero el humano, terco, vuelve a apostar por el punto final y festeja premiando con nóbeles a los descubridores de los nuevos y efímeros límites.

Con Retiro, pasa algo similar (desde su nombre mismo). Es el fin de la Ciudad, pero atrás, sin esconderse ya, la Ciudad sigue, amontonada de privaciones, pero sigue. Es, también, el final del recorrido de los trenes; sin embargo las vías siguen y, a veces, los trenes también, cruzando por esos rieles que parecen abandonados y que llevan a playones que también parecen abandonados, y en ese recorrido atraviesan las calles llenas de motos, autos, micros, colectivos y camiones que van a o vienen de la terminal o el puerto.

Todos los rivales del tren, en ese cruce, son más débiles. Hoy, de todos modos, pude ver como esos débiles pudieron más. Es que en ese cruce sin barreras, cuando apareció un banderillero y se escuchaba la locomotora avanzar despacio y pitar fuerte, los autos ya demorados por el caos de tránsito (una verdadera galleta), se revelaron, uno se mandó a bocinazo limpio, y atrás un par de motos. La locomotora chirrió y frenó; entonces, gracias al torque de sus motores, los vehículos pasaron primero, como una masa interminable, delante de la locomotora frenada de prepo, que vio en Retiro, esta vez, el fin.

FIN

jueves, 3 de mayo de 2012

La agenda

Ambos toman el mismo tren, y habitualmente coinciden en el de regreso a casa. Pero a la mañana, indefectiblemente, viajan separados. El parte más temprano, siempre apurado. Ella viaja un rato más tarde, después de dejar al hijo de ambos en la escuela, tras haber perdido energías en la primer batalla diaria: lidiar para que el chico termine su leche.

Son una pareja eficiente en la organización hogareña, donde la rutina ya hizo su mella, aunque no impide buenos momentos.

Hoy, ella recibió un mensaje de texto: él preguntaba si no dejó la agenda en casa. Ella buscó, no encontró, y se lo hizo saber, también por mensaje. Entonces, él la llamó. Llamado en vano, que solo sirvió para que descargara un poco la genuina preocupación que tenía. En esa agenda había datos importantes.

Ella subió al tren angustiada por transitividad. Este tren ya no viene tan lleno, siempre se puede subir y, a veces, hasta hay asientos. Hoy fue un día de esos. En un primer golpe de suerte, el asiento libre. En un segundo golpe (de suerte y de vista), apareció la agenda, tirada en el piso, con su BEN 10 calcomaníaco en la tapa, pegado por el hijo de ambos.

La levantó, la abrió y confirmó que era la suya. ¿Alguien habría llamado al número de contacto de la primer página, o hubiera seguido tirada hasta hacerse trozos de papel sueltos, sucios e inservibles? Quién sabe.

Ella intentó avisarle del hallazgo (pero él estaría en reunión y no atendió; quedó un mensaje aliviador en la casilla).

Alguna estación más allá, ella abrió la agenda. No lo hizo en una deliberada actitud de espía; fue un acto reflejo que le permitió ver el turno del dentista que ayer mencionó, al avisar que llegaría tarde. Eso la tranquilizó.

Se envalentonó y fue a NOTAS, un espacio multipropósito, al final de la agenda, que tiene varias hojas con renglones. Vio un título “Mis dos amores”, y se enterneció. No le importaba que resultara algo cursi, y con los ojos llorosos fijó la vista en el papel:

“Uno llegó demasiado temprano … [empezaba el texto] … cuando la adolescencia invita a seguir probando. El otro, demasiado tarde, cuando la vida ya te cobra un costo muy alto por liberarte de tu mujer e hijo …”.

lunes, 23 de abril de 2012

Un rey elefante colado en el tren

Este es un blog sobre historias de trenes. Y en lo que sigue no hay ningún tren. Hay una historia colada en este vagón, y el chivo (expresión que usamos en Argentina para mencionar avisos no rentados que se deslizan por los medios) de un video subido a you tube:

Parte el rey con buen talante

y elude el hambre africano,


cien mil euros de arma en mano


se le anima al elefante.



De la tierra devastada


vuelve el rey con mal talante,


y pide perdón arrogante


con su cadera enmendada.



No es el rey el que esta viejo


ni su osamenta partida,


vieja está la monarquía


que habrá que mandar bien lejos.



- “… y tu ¿por qué no te callas?”


quizá me increpe el abuelo,


no callo porque no quiero


y observaré donde vayas.


Recitado y con imágenes de NaCe en

http://www.youtube.com/watch?v=XvbgZ7i2KYo




martes, 17 de abril de 2012

Cofradía de los talleres

Roberto se duerme, sueña un rato, abre un ojo, todavía falta. Roberto se duerme nuevamente, el día fue agotador, la noche anterior un desastre de exigencias domésticas que el tren, acunándolo, le hace olvidar.




El tren llega al destino final para partir nuevamente. Pero su rutina de desandar lo andado se frustra cuando un megáfono anuncia que esa formación “por problemas técnicos será desafectada del servicio”. Roberto, entonces, sueña profundamente.




La gente que baja se aleja y la que se disponía a subir refunfuña con ganas y corre hasta el tren que lo sustituirá, con el ánimo de conseguir un asiento. El andén deviene en un páramo.




Roberto duerme con la boca abierta, babea un poco, y empieza a roncar. Su presencia es de una evidencia tal que solamente puede pasar desapercibida para el guarda que realiza el control de rutina, en contra de toda buena práctica, recorriendo la formación por afuera, mientras come un pancho que mangó, y discute de futbol, a grito pelado, con el policía apostado en la cabecera del anden.







Roberto despierta, pero todo es oscuridad, no acredita lo que le ocurre, se desconcierta, no reconoce el vagón, grita, aúlla, es un animal desesperado que solo escuchan unos adolescentes que, tras mucho deliberar, se autodenominaron la “cofradía de los talleres” e incursionaron, por primera y última vez, en los sitios donde reparan (apenas si recauchutan) los trenes, para desmitificar la presencia de fantasmas. De allí saldrán corriendo, renunciando a su idea original, y llevándose material para construir la leyenda del fantasma Tito.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Dado vuelta estás vos

A su vista aparecen calvicies, canas, raíces negras.



Paisaje variopinto el de este ser que no se bajará en la terminal, ni enfilará obediente para la oficina.



A esa araña, que camina por el techo del vagón, la bauticé Prodan, porque le escuché cantar “yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos”.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Era de la no pasión

En primer lugar, el asombro. Luego, la necesidad de airear la vista mirando alrededor, para volver a focalizar en el episodio.




Una vez aceptado que ocurre aquello que se quiso negar, deviene un estado adrenalínico que en los primeros segundos, paradójicamente, se manifiesta en parálisis, en mera observación.




El cuadro muestra un cuerpo sobre el andén, replegado sobre sí mismo. Los brazos que cubren el rostro ceden cuando un puntapié impacta con fuerza en el abdomen y abren paso a un castigo en la cara.




Las piernas diestras de los tres cuerpos de pie golpean insistentemente al caído. Hay goce en esos rostros que captan el efecto que la fuerza de sus golpes causa sobre la materia echada: tejidos cediendo, ligazones que se rompen, sangre que brota al exterior.




Ese goce animal, disociado de los motivos del ataque, se remonta a otras épocas, hay en él, supervivencia, selva, lenguaje incipiente, herramientas rústicas, machos alfa, dominio.




El contexto actual lo rodea de una estación de tren, de pasajeros acongojados que comentan un presunto ataque a la propiedad privada (aunque sin ponerse de acuerdo sobre si el golpeado era víctima del robo o quien lo tentó y recibió venganza). Por fin llegan dos policías con barriga flanosa tratando de atrapar a sus presas en un renovado ataque.




Lo trascendente es que, por ahora, somos cautivos de esa violencia grabada en nuestros genes, en lo que queda de instinto.




Me apasiona pensar que existe una carrera entre un final anunciado (que nos matemos todos) y una época distinta, en la que los avances tecnológicos nos conduzcan a una conciencia sin cuerpo, a la “era de la no pasión”.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

Retiro (espiritual)

El sol pegaba en el andén, y la mañana parecía mediodía. Pero al llegar, el tren nos recordó que era una mañana más y que cientos de transpirados nos movilizábamos a nuestros trabajos, copando los vagones a más no poder.



De algún lado apareció un fulano en silla de ruedas, tetra-brick de vino en mano, que subió intempestivamente. El guarda le dijo algo por el atropellado modo de ingresar. Él le contestó con más atropello. El guarda replicó diciendo “si quiero no te dejo viajar con el vino” y recibió una catarata de insultos del fulano. Fin de la trifulca: lo dejó viajar.



El fulano en cuestión inició varias conversaciones. En un momento le habló a una chica joven de camisa cerrada hasta el último botón. No recuerdo de qué modo habló al inicio, pero generó que ella le dijera que se iba a ir al infierno y, acto seguido, sacara una revistita de su mochila para invitarlo a leer la palabra de dios.



Él se negó rotundamente, blasfemando. En ella se encendió una luz de alarma y reforzó su intento, por cierto vano, diciéndole que no abusara de su posición. El, harto, le dijo que al bajar sabría lo que es un verdadero abuso. Ella contraatacó y le dijo, evidentemente dios sabe porque te dejó así.


Él no dijo nada; varias señoras, en cambio, retaron fuertemente al aparato de propaganda, sino de dios, de alguna iglesia de por ahí. El tren estaba entrando en la estación Retiro y el fulano en la silla, tras dos buenos tragos de vino, gritó: “Señores: Retiro”, hizo una pausa de dos segundos y agregó “espiritual”.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Kiosco FMI

He visto en estos años crecer el asentamiento, acercarse a la vía, al punto de que algunas ventanas reciben el viento originado en el paso de los vagones.



Durante años levanté la vista de mis libros, para satisfacer la curiosidad de conocer un mundo tan cercano geográficamente, y tan ajeno.



Supe que la chica que vivía en la casilla con techo de chapas naranjas -¿de dónde las habrá sacado?- se llama Emilia, desde que hizo de su cuarto un kiosco: el “Kiosco Emi”.



No pocas veces me angustié al ver a chicos corriendo en algún playón, jugando y riéndose. Qué contradicción ponerme triste al verlos contentos.



Es que no podía dejar de pensar que ese rato es una isla en un mar de hambre, enfermedades prevenibles y violencia, y que en el horizonte hay un futuro pobre.



También es curioso angustiarse por un hipotético futuro pobre de otros, cuando mi presente de bienestar material, es una suma de desdichas.



Hoy me llevé una sorpresa, al ver que la pared de la casa donde funciona el kiosco había tenido algunos retoques de pintura. La leyenda de letras negras que promocioanaba el kiosco seguía ahí, pero quizá por un exceso de brocha gorda, o quizá por una política de expansión y diversificación de actividades de los organismos multilaterales de crédito, el frente de la casilla de techo de chapas naranjas da cuenta de que, ahora, el establecimiento se llama “Kiosco FMI”.



¿O será que muestran con orgullo las obras que sus políticas contribuyeron a construir?

viernes, 4 de noviembre de 2011

aprendiendo a contar

-UN café



y 2 medialunas.



-La promo con 3 cuesta lo mismo, me aclaró el mozo.



Dudé unos 4 segundos y acepté.



Lo terminé en 5 minutitos (así chiquitos, apurados) y quedé atragantado…



… y culposo por la nueva contribución a los 6, 7, 8 —quién sabe cuántos exactamente— kilos de más.



Era un 9 de julio,



y a las 10 de la mañana



la plaza ONCE parecía un desierto.



Salí del bar y tomé el Sarmiento y al ritmo del tren leí el Página 12,



sólo por 13 minutos, que es lo que tardó en llegar a Flores.



Hacía 14 años que no volvía al barrio de mi primera novia.



La conocí cuando tenía 15,



pero me hizo esperar hasta los 16.



Ya no vive en la casona de Terrada 17,



la vendieron como terreno y ahora hay un edificio de 18 pisos (con amenities).



Nos sentamos en un banco de la plaza: me cuenta que su hermanito chiquito ya tiene 19 ¡cómo pasa el tiempo!



Resistí 20 minutos de escucha y fui al grano:



-facebook es el facilitador sexual del siglo XXI, le dije, haciendo evidente mis intenciones.



¿Estás loco? me contestó; y por eso, ahora estoy en esta inmunda casa de juegos de Flores apostándole al 22.



Aquí freno con este ejercicio tonto; quizá hubiera sido más apasionante un final con 69, pero no se contar tanto.

lunes, 17 de octubre de 2011

Sometimiento

Desde que la hija de mi vecino sabe que su padre será padre nuevamente, se la ve ejerciendo un sometimiento extra sobre su, hasta ahora, exclusivo progenitor.




Temprano a la mañana, cuando es llevada a su jardín, ya no camina más, va montada a babucha -se que hay quienes dicen “cococho”, pero me suena imposible de concebir-, haciendo del poco pelo del papá, a la vez, riendas y pañuelo, y obligándolo a cantar: “en un vagón, cargado de sandías…”

lunes, 3 de octubre de 2011

Alejo Amarantes

Los Amarantes eran la familia bien (bienuda/cheta) de la escuela primaria en donde estudié. Era una escuela pública de un barrio de clase media, con lo cual, ser la familia bien de la escuela tampoco era tanto.


Nunca tuve onda con los Amarantes, quizá porque les encantaba mostrar su posición económica. De Alejo, mi compañero de grado, no tuve más noticias desde que terminé la primaria.


Pero hoy, viajando en el tren, vi un sticker de publicidad. Uno de esos modestos avisos que pegan profesores de inglés o matemáticas y que usan también algunas bandas de rock para promocionar su existencia, en el que estaba el nombre de mi ex compañerito.


Evidentemente, seguía intacta su valoración por sí mismo. Bien grande, en letras negras de imprenta mayúsculas, sobre fondo blanco, se leía su nombre. Más abajo un texto que, debo admitir, me causó a la vez, indignación y placer. Indignación porque estaba lucrando con gente desesperada. Placer, porque él hubiera querido el living de alguna conductora de televisión para promocionar su actividad y debía conformarse con estos papeluchos.


Debajo de su nombre se leía “magia blanca y magia negra, trabajos por teléfono” y, luego, “Señor Pablo” y datos de contacto. -Se ve que no pierde las mañas, hasta secretario tiene, me dije.


Quise un instante más de placer, quise volver a ver el nombre de mi agrandado compañerito en tan tercermundista vidriera y me di cuenta de mi estupidez: ALEJO AMANTES! ALEJO AMANTES!