Retiro es, en varios aspectos, una alegoría de la imagen que nos formamos los humanos sobre la materia. Esa imagen, por necesidad intrínseca del sapiens sapiens, tiene un límite, un fin, un elemento irreductible (primero fue el átomo, luego su núcleo, ahora quién sabe qué).
Las evidencias muestran que no hay fin, que debemos echar mano al término infinito, que siempre hay más o menos. Pero el humano, terco, vuelve a apostar por el punto final y festeja premiando con nóbeles a los descubridores de los nuevos y efímeros límites.
Con Retiro, pasa algo similar (desde su nombre mismo). Es el fin de la Ciudad, pero atrás, sin esconderse ya, la Ciudad sigue, amontonada de privaciones, pero sigue. Es, también, el final del recorrido de los trenes; sin embargo las vías siguen y, a veces, los trenes también, cruzando por esos rieles que parecen abandonados y que llevan a playones que también parecen abandonados, y en ese recorrido atraviesan las calles llenas de motos, autos, micros, colectivos y camiones que van a o vienen de la terminal o el puerto.
Todos los rivales del tren, en ese cruce, son más débiles. Hoy, de todos modos, pude ver como esos débiles pudieron más. Es que en ese cruce sin barreras, cuando apareció un banderillero y se escuchaba la locomotora avanzar despacio y pitar fuerte, los autos ya demorados por el caos de tránsito (una verdadera galleta), se revelaron, uno se mandó a bocinazo limpio, y atrás un par de motos. La locomotora chirrió y frenó; entonces, gracias al torque de sus motores, los vehículos pasaron primero, como una masa interminable, delante de la locomotora frenada de prepo, que vio en Retiro, esta vez, el fin.
FIN