miércoles, 23 de febrero de 2011

otros sueños

Con los años dormir se fue haciendo mas difícil. El alcohol ayuda, claro, pero no evita que en mitad de la noche el cerebro se desboque y expulse imágenes indeseables. Una vía muerta, una estación desierta, un choque de trenes, un arma, un disparo. El sobresalto es seguido de un meo en baño de 4 mil dólares el metro cuadrado, que no hace olvidar el baño de piso de tierra de la infancia. Ayer no hubo vuelta a la cama. Sonó el timbre. Alguien le había soltado la mano.

viernes, 11 de febrero de 2011

Seguí hasta mi casa

Esteban le contó a Vero que María tenía algo que hacer ese día, que llegaría tarde, que a él le tocaba planchar. Vero dijo, con desparpajo, como quien dice algo que no ocurrirá, -seguí hasta mi casa, así me haces compañía, total son cuatro estaciones más, después te lo tomás para el otro lado y ya, vas a llegar antes que María y todo, con lo prolijito que sos, seguro que tenés todo planchado cuando ella llegue.

En la oficina, la prolijidad de Esteban se entiende bien con la obsesividad de Vero. El tren de regreso es el mejor espacio de expresión que encuentran las hormonas que se generan durante el día. Algún chiste, algún gesto (apoyar la mano en su espalda para que ella mueva ligeramente su cuerpo y permita pasar a alguien que no había advertido), algún elogio (aunque ese elogio sea decirle “prolijito”).

Esteban sonrio y ni amagó a bajarse en su casa. Durante las estaciones robadas a María se rozaron las manos, consecuencia de un pretendido accidente originado en la entrega de un paquete de caramelos. Al llegar, cruzaron juntos el puente que conduce al andén de enfrente. Vino el tren que dejó a Esteban en su casa. Antes de subir se besaron unos instantes, solo eso.
Esteban llegó a su casa antes que María y se puso a planchar.

Algo interfirió en su prolijidad y una camisa de ella resulto quemada.

lunes, 7 de febrero de 2011

Crónica del yogur

Al iniciar el blog me fijé un cometido, no incluir noticias de actualidad ferroviaria, es decir no hablar del descarrilamiento de turno, ni de los subsidios, ni de los tercerizados; los trenes debían ser un medio para transportar literatura (si me permiten esa exageración). Hasta aquí, podría decirse que ese principio básico, ese dogma, fue respetado. En términos generales, los relatos que se encuentran en el blog son siempre ficciones. Las hay absolutas, producto de la febril actividad de mi cerebro, y relativas, basadas en un hecho real que actúa como disparador. Pero son ficciones al fin. Hoy, en cambio, voy a hacer una crónica, un relato fiel del tortuoso inicio del tercer día del segundo mes del año que corre.

Antes de salir a trabajar (claro está, el mero hecho de tener que ir a vender mi fuerza de trabajo ya habla de un comienzo poco promisorio), vi por ese canal tan nefasto un informe sobre el tránsito y las vías de acceso a la Ciudad. Se anunciaba que en las líneas Sarmiento y Metropolitano había demoras, pero que para el resto de los trenes el servicio era “normal”.

(Notas del cronista: 1. Foucault mediante, debí sospechar de los alcances del término “normal”, 2. Todas las opciones que alguna vez probé como alternativa a ese canal son también nefastas).

Sin embargo, al llegar a la estación vi gente apiñada en el andén, en número harto mayor al habitual. Estaba además, entrando una formación. Subí como pude, entre codos y bolsos que se empeñaban en hacer contacto con mi cuerpo. No había chance de escuchar la radio, es decir, no había posibilidad de mover los brazos y colocarme los auriculares. No obstante, no tuve que esperar mucho para escuchar una especie de radio AM en vivo (es que algunos pasajeros parecían los oyentes que llaman y dejan mensajes). Uno de ellos dijo a una mujer (pero para que lo escucharan todos) que el tren estaba demorando un montón, que evidentemente venía con retraso, que se detenía mucho más tiempo del habitual en las estaciones. Alguien que lo escuchó culpó a Cristina, otro asintió y mencionó los coches comprados en China por Jaime (¿no era en España? me pregunté en silencio).

(Mas notas del cronista: 3. Cristina es el nombre de pila de la presidenta de Argentina en el momento que escribo esto, y 4. Jaime es el nombre que oficia de apellido de un ex secretario de transporte procesado en una causa por dádivas e imputado en varias más).

El viaje siguió en esa habitualidad triste, de charlas tilingas, con una chica sentada que no dejaba de subirse el escote del vestido.

(Nota de color: 5. el cronista, interesado, pensaba “dejalo como está, ¿qué te cambia que se te vea un centímetro más o menos de piel?)

Ya cerca de Retiro el tren se detuvo completamente. Nadie se inmutó. Es muy frecuente que la formación frene entre estaciones. Los primeros cinco minutos fueron de una parsimonia total, pero luego, comenzaron las quejas (al principio tibias): todos los coches están sucios; las vías están “flojas”, las puertas cierran mal, y ahora lo paran para joder nomás, etc, etc. Cuando ya llevábamos unos quince minutos detenidos, muchos comenzaron a llamar por teléfono a sus trabajos para decir que hacía como media hora que estábamos en el medio de las vías; una pareja llamó a un número gratuito (0-800 de la CNRT) para denunciar lo que estaba ocurriendo, al cabo de unos instantes el le dijo a ella: -anotá, y dictó un número de reclamo.

Pasada la media hora (tomé los tiempos con cuidado), comenzaron los golpes contra las paredes del vagón, y muchos se acercaron hasta la puerta del motorman a golpearla e increparlo, “estás de paro, puto”, “abrí cagón”, etc. De repente se escuchó una voz en las vías que le decía “bajá, bajá”, era un fulano que había saltado por alguna ventanilla y caminó hasta la cabina del conductor. Todos miramos automáticamente al sitio de donde provenía la voz, y al ver allá abajo a un tipito caminando desencajado, nos reímos al unísono. Esa risa duró un segundo, luego la turba lo vivó, como a un héroe. Su conducta fue imitada por algunos pocos más. Yo conté cuatro en total (no se si volvieron a subir o se alejaron por las vías).

En ese instante me pregunté, qué pasaría si me quedara varado con estos energúmenos en el medio de la nada, en un viaje de larga distancia, por días, hasta que pudieran llegar rescatistas… Mientras divagaba, surgió la perla de la crónica, protagonizada por una mujer relativamente joven.

(Otra nota del cronista: 6. los alcances de la juventud relativa son tan vagos como los de la normalidad; para acotar ese margen: hablo de una mujer de alrededor de 40 años).

Esa mujer estaba bastante nerviosa, y se movía mucho (verticalmente, se estiraba y contraía, el espacio disponible no daba para más), y de pronto, pese a la batahola de fondo, tomó su teléfono y llamó al servicio de ambulancias del SAME (?). Dijo (más bien gritó, porque ya se escuchaba poco): “en las vías, frente a la villa 31, antes de entrar a la estación de Retiro –y calló unos segundos–, es lo más preciso que te puedo dar [alguien acotó, calle 15, pero ella no lo escuchó]”, allí su voz tomó un tinte desesperado y lloró: “hay embarazadas, gente cardiaca, se están desvaneciendo, una persona se está muriendo, es urgente, vengan ya” (como no podía creer lo que escuchaba, tomé nota de las palabras exactas, quería ser un cronista fiel; por cierto, este cronista no logró encontrar ni embarazadas, ni el grupo en proceso de desvanecimiento, ni nadie yéndose con la parca). Luego su voz comenzó a titubear: “no se el numero del teléfono es prestado, ¿por qué tengo que darte mi DNI?”, instantáneamente cortó.

Mas tarde (9:35 AM), cuando ya llevábamos casi 45 minutos detenidos, los golpes eran más fuertes, los insultos elaborados y un fulano completamente fuera de sí cantaba: “tocá bocina la puta que te parió, tocá bocina la puta que te parió” (?), esta mujer enardecida golpeó con una virulencia pocas veces vista la puerta del conductor. Llegué a escuchar un “auch” y la ví retroceder, tomarse la muñeca, poner gesto de dolor. Entonces, lamentándose, hurgó en su cartera, sacó un yogur marca Ser con colchón de frutos rojos y, a modo de hielo (no se cuánto frío conservaría tras el parate), lo colocó sobre la zona golpeada. Ahí arrancó el tren y llegamos a la estación.

En un momento me asustó que, más allá de la bronca, calor e incomodidad, mi decisión de esperar sin querer matar a nadie ni romper nada, no encontrara un solo par de ojos cómplices.

martes, 1 de febrero de 2011

Cuando el aire asfixia

Subió apresurado, no quería que su mujer y su hijo lo vieran llorar. Ellos, abajo, lloraban a moco tendido y todavía no sabe como logró desprederse de ese abrazo. Ya en el tren, sintió que se asfixiaba, el aire era tibio y denso, irrespirable. Su estomago quería salirse del cuerpo, condenando a la vianda prolija y pobrísima que su mujer le había preparado a la espera eterna, a la putrefacción, aún cuando Josemir supiera lo que eso valía para ellos.

Josemir viajaba para poder trabajar y, así, remesar algo a su mujer e hijo cada quincena. No verlos más, por tanto tanto tiempo, era intolerable a esas alturas. No escuchar más el “papá” de la incipiente habla de su hijo, no besar mas a su mujer, no compartir con ellos el frío rotundo de este mundo helado, era la muerte, el infierno mismo.

A su lado, mucho mejor vestido, se sentó Diego a quien el aire también asfixiaba, y cuyo estómago también quería salirse del cuerpo. Diego compró un boleto en segunda clase solamente porque era la única sección en la que quedaban asientos y era preferible eso a quedarse un día mas en el pueblo.
Diego tuvo la suerte de nacer en una familia acomodada, pero eso no servía de nada ahora; nunca más escucharía el “papá” de su hijo ahora cadaver. Su mujer ya se había marchado a la Ciudad y el hizo unos arreglos rápidos y malísimos, dejando unos caseros en los que no se podía confiar y abandonó esa casa que tiene la habitación a la que ya no se atreve a entrar, siquiera para juntar la ropa y los juguetes. La mente de Diego teje, permanentemente, escenarios alternativos a lo que ocurrio, en los que el accidente se evita o, al menos, tiene un resultado menos traumático. Esos desvaríos, son la muerte, el infierno mismo.

Josemir hubiera sido un gran casero, y al menos uno de los dos hubiera sobrevivido, pero solo se cruzaron cuando el aire ya los asfixiaba.

martes, 21 de diciembre de 2010

onírico

P. llegó siguiendo a una chica argentina, cuando todo parecía una broma controlable. Hoy ya lleva nueve años entre gente algo incomprensible (igual que su mujer) y a los que les enseña su idioma.

Ir a dar clases a esa empresa de la zona sur le gusta, encuentra algo atractivo en ese viaje en tren que, incluso, atempera su rechazo al acento incorregible de la mayoría de sus alumnos. Pero hoy la cosa viene ardua y se regala un descanso. Antes de tomar el tren se sienta en un banco roñoso de Constitución, abre la botellita de agua helada y toma de ella con desesperación.
El calor apenas si se desensaña con él. Duelen los pies, duele la cabeza. El cuerpo le pide dormitar unos segundos, y él le da el gusto en exceso.

Como siempre que empieza a soñar, el switch se activa y la lengua materna hace el trabajo del inconciente. Pasan 2 o 3 minutos (que en su percepción inicial parecerán 40). Antes de desesperarse por la posible pérdida de una puntualidad intachable, antes de cobrar conciencia plena y ver el reloj tranquilizador, escucha los ruidos de la estación, el silbato de un guarda, el rechinar de los hierros hechos ruedas sobre los hierros hechos vías y no tiene duda, está en su pueblo, en su estación.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Instrucciones para una experiencia caliente


Para esta época del año, es posible encontrar, en Buenos Aires, un rincón sin ruidos, de calles desiertas, con viento tibio, donde pactar con el diablo.

Hay que beber —aunque no arruinarse— la noche del 24, y el 25, despertar antes de que el mediodía comience a ser olvido (justo cuando el sol parte la tierra y las cabezas de los que asoman). Entonces hay que desafiar al sol y ganar la calle. Ir a una estación de tren y esperarlo mucho (porque el 25, hay trenes, pero tardan mucho). Bajarse en alguna parada ya alejada de las cabeceras, donde unas cuadras bastarán para perder el asfalto bajo la suela. Entonces el viento tibio se volverá polvo y secará aún más la boca sedienta de la cabeza partida y en llamas. Quizá se vea el espectro de algún chico a lo lejos, desafiando la siesta y el desierto, y se podrá, a lo sumo, intuir algún vecino espiándonos, como sospechosos que somos, pero no habrá nada más. Ahí podremos ir siglo y tanto para atrás, y sentirnos don Juan Manuel, derrotado, yendo al exilio, cuando con letra de Andrés Rivera, dijo:

“Hacía calor en la ciudad … las ventanas y las puertas de la ciudad estaban cerradas, como si un viento de peste silbara por las calles de la ciudad, y había un silencio como no conocí otro en esas calles de Buenos Aires, vacías e invadidas por el sol del verano. Era mucho calor, y bochornoso y sé que me miraban, que miraban … miraban el espectro lívido de la derrota en los campos de Caseros … y miro las casas cerradas de Buenos Aires, el viento de la peste que silba en las calles de Buenos Aires, y el sol que cae, como plomo derretido, sobre los techos de las casas de Buenos Aires” (El farmer).

viernes, 3 de diciembre de 2010

choice

Luli es fresca, en el mejor sentido. Su piel suave, sus veinte años, su irreverencia, y otros atributos, le dan un toque seductor que no cesa de usufructuar.

Venía de la facultad, de discutir con un auxiliar docente. Ella decía que no había barreras culturales para que los universitarios interactúen con los obreros, pero lo que más le importaba era contradecir al ayudante, porque le gustaba.

Subió en el último vagón —de asientos ocupados— y caminó por el pasillo. Ya en el tercer vagón vio algunos claros, relojeó con la mirada y se sentó al lado de un lindo pibe, algo mayor que ella, que intuía trabajador de salario bajo.

El estaba prolijo, recién bañado, desbordando desodorante, bien plantado sobre zapatillas llamativas, que hacían juego con la pose canchera.

Antes de instalarse Luli escuchó el reggaeton que brotaba fuerte de los auriculares que llevaba en las orejas, que —como ocurre tan seguido— se convertían en parlantes para todos.

Luli, frente a sus amigos de la facultad que critican esa música (negándole tal carácter), dice que le gusta el reggaeton; pero cuando se junta con su amiga del secundario, a quien sí le gusta, suele denostarlo. Ahora no sabía en qué lugar ponerse.

El la miró, y con gesto natural, quitó un auricular de su oreja y se lo ofreció. Ella, con gesto natural se lo colocó en su oído. El tren arrancó. El sacó una bolsita de nylon, transparente y chiquita, llena de caramelos masticables de muchos colores, extendió su brazo y Luli aceptó el segundo convite consecutivo. El tren siguió su marcha, hubo mucha rima pegajosa en forma de canción, ningún diálogo y algunos ligeros roces de piernas.

Luli toma el tren por cuatro estaciones solamente, él tiene un viaje más largo. Al entrar en el andén de la estación de Luli, ella se quitó el auricular de su oído, se paró, y se lo ofreció. El retrucó, también se quitó el auricular, tomó el mp3 y se lo ofreció. Habló por primera vez. Dijo: —para que escuches buena música hasta mañana. Mismo tren, mismo vagón, me lo devolvés.

Luli, dudó, titubeó, y cuando sonó el silbato, con el mp3 en la mano, corrió hasta la puerta y logró a bajar. Llegó a casa con el reproductor de música de un desconocido, lleno de reggaeton.

Esa noche soñó con el ayudante. Estaba encargado de tomar parcial en la facultad y entregaba un choice de una única pregunta: ¿qué hacer? a) quedarse con el mp3 y jamás tomar ese tren de nuevo; b) volver al tren, entregar el mp3 y huir; c) volver para no huir y que restituir o no el aparato sea lo de menos, d) ninguna de las anteriores es correcta.

martes, 30 de noviembre de 2010

martes no te cases ni te embarques

Martes 7 de diciembre de 2010, 19.15hs, en el bar "Down Town Matías" de Belgrano R

La fecha y lugar indicados pertenecen al primer encuentro de gusanos metálicos al que, según pronostico, iremos, únicamente, mi amigo Alejandro -uno de los pocos seguidores que conozco antes de empezar este blog, y que propuso el encuentro: gracias!- y yo (lo cual, de por sí, está muy bien).

Por supuesto que están todos invitados y será un placer si, las estrellas se alínean y hay que extender la mesa. Supongo que tendré que llevar algo para identificarme, por si se da ese tan poco probable escenario. Muy bien, algún sombrero aparecerá sobre la mesa, pierdan cuidado.

Aclaración: no es el down town que hace honor a su nombre (o sea, que queda en el centro), es como ya dijimos, el que queda al costadito de la estación Belgrano R del tren Mitre, ramal Mitre o Suarez;

Segunda aclaración: no es un bar que nos guste demasiado, pero reunía dos requisitos fundamentales: está al costado de una estación de tren y tiene cervezas dignas.

jueves, 18 de noviembre de 2010

mago pollo

Hay gente con la que, con cierta frecuencia, comparto vagón. Es lógico, horarios y destinos comunes, y la preferencia por el último coche de la formación.

Una de mis compañeras habituales es feúcha, siempre tiene cara de cansada, gesto amargo, y usa ropa de ningún estilo que lleva coherentemente (con ningún estilo).

Pero la última vez que la vi estaba cambiada. Borren todo lo anterior y sustitúyanlo por los respectivos antónimos.

Me extrañe, corrí la vista de ella y la fijé en el horizonte del vagón. Vi a un pelado pegar un sticker al lado de la puerta, decía: “show de magia, http://www.magopollo.com.ar/”, se dio vuelta, me miró, y sonrió.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Hall of Fame

El andén, que de chico me parecía algo imposible de derrumbar, se transformó en una rústica estructura de hierros que sostiene unas losetas de cemento sobre las que pisamos, y nada más.

Abajo brotan unos yuyos verdes, y se acumula basura, y a veces es el refugio de alguien en situación de refugiarse.

Pero, hoy hablaremos del arriba, sucio y pisoteado. Es que fui testigo de la sustitución de algunas de las losetas —ya rajadas al punto de quebrarse— por otras nuevas, que fueron hechas in situ —fraguadas ahí mismo—, generando un espacio de cemento fresco para dejar la firma.

Beto, Mili, El ruso, Egresados 2010, Quilmes Capo, y Metallica, entre muchos otros, ya colmaron los espacios disponibles.

En mi camino a la boletería iba pensando en “Chechu putita”. ¿El disminutivo provendrá de su contextura física, de que es no es taaan puta, de que es puta semiprofesional, te pide unos zapatos pero no efectivo…?

Pido uno a “Retiro ida” y escucho tras el impenetrable vidrio espejado, que el boletero saluda a alguien: “Hola Chechu”.

viernes, 5 de noviembre de 2010

ser o no ser

Los pibes juegan a la vera del tren
el arco que da a las vías no es arco,
es un conjunto de remeras,
amuchadas en dos postes, que no son postes.

La canchita de pasto no es de pasto,
es de tierra seca
(un sapo muerto,
pero más aplastado que muerto,
es lo más verde del lugar).

La pelota de cuero no es de cuero,
es de un compuesto sintético
que tiene, insistentemente, destino de vías.

Hasta que…
la pelota no es más pelota,
no es esférico, no es bocha, no es balón
es desecho y goles potenciales que no llegaron a gritarse.

viernes, 22 de octubre de 2010

temor a quedarse solo (otra vez)

Gustavo no recuerda a sus padres. No siente que le falte algo. No los menciona nunca. Su abuela tampoco. A veces teme por ella (y, por lo tanto, también por él), la ve grande.

Con su abuela se sientan en el patio, en el tronco hecho banco, en una imagen cuya ternura no alcanzo a describir, y cuando el ruido del tren se hace presente, rebotando entre paredes vecinas, arriesgan norte/sur o sur/norte.

Gustavo está ganando más seguido, su abuela tarda en arriesgar, el juego que antes le gustaba tanto ahora le evidencia que su abuela está grande.

jueves, 14 de octubre de 2010

Si te tirás, me tiro

Me pasan el dato, me intriga, voy, lo constato.

No es un graffiti más, “si te tirás, me tiro” se lee en el muro de la estación.

Podemos pensar una adaptación: Julieta Lee y Romeo Park pertenecen a dos familias rivales, en lucha por el dominio de los supermercados de Belgrano. Ellos se aman, sus familias se odian. No obstante, ellos siguen adelante. Surge un incidente grave: Romeo decide bajar el precio de las gaseosas en sus locales más allá del límite tolerable y el padre de Julieta organiza una eliminación del heredero Park. Paralelamente, decide una boda para su hija.

Julieta, enterada, también planea una treta con la ayuda de su primo, un genio de la física y la química deportado de los Estados Unidos por acoso a una alumna en la universidad en que enseñaba. Este científico que durante el día apila cajones de cerveza en el súper, crea por las noches un holograma a imagen y semejanza de su prima (aunque visto de cerca también tiene algo de su alumna). Finalmente, lo dirige al tren a la vista de los vecinos, para que ellos atestigüen sobre el presunto suicidio que liberará a Julieta.

Ella, bien guardada, envía un mensaje de texto a su Romeo dando cuenta del plan que les permitirá escapar. La red telefónica se ve sorpresivamente interrumpida y el mensaje no llega. El holograma, en cambio, funciona a la perfección.

Romeo cruza por la estación y se sorprende al ver a Julieta dirigirse al tren, le grita pero el holograma no escucha. Desesperado, desenfunda un aerosol que compró minutos antes para retocar el frente de uno de los locales de su padre y escribe grande en la pared “si te tirás, me tiro”.

Nada que hacer: holograma se tira, Romeo se tira, Julieta -que vio el mensaje aun en bandeja de salida y se acercó al lugar- al notar lo ocurrido también se tira. Las versiones de los vecinos son discordantes en cuanto al modo y momento en que Julieta se lanzó.

viernes, 8 de octubre de 2010

El proceso y el resultado


Bajó de la torre de oficinas de ascensores galácticos, con techos de doble altura y guardias en la puerta; atrás había quedado el buen café que tomó en la reunión —fue el único que aceptó el convite, los demás, en situación más tensa, declinaron la oferta—.

Todavía más atrás había quedado ese rato de espera, en el que se dedicó a mirar en soledad la escultura de la sala de reuniones. Una escultura de hierro, montada sobre un soberbio pie de mármol. Era un conjunto bello, de extrema pulcritud, que transmitía armonía y serenidad.

Al Cdr. Suminski lo habían convocado unos clientes —podría no haber ido para nada, y la cosa no se hubiera movido un milímetro—. Sus clientes serían apretados por un profesional de ese arte, con oficinas ya descriptas. El tipo, que hacía pasar su función como una gestión de negocios, había sido contratado por la contraparte de los clientes de Suminiski, en un litigio en el que nadie tenía razón y todos —pero sobre todo los clientes de nuestro protagonista— tenían mucho que esconder.

La cosa es que los clientes de Suminski querían reducir al mínimo posible ese apriete y se ilusionaron en vano con la eventual utilidad de mostrar algunas debilidades contables de la contraparte, para mejorar su posición relativa.

Suminski no era tierno, pero la situación lo doblegó. Demasiada escoria para volver a trabajar ese día. Aprovechó que estaba cerca de Retiro y tomó el tren. No bajaría en la estación de su casa; lo haría una antes, podría ver el río y caminar un poco.

Ni bien los trenes dejan los andenes de Retiro, suelen detenerse uno o dos minutos. El tren de Suminski no fue la excepción.

En general, esa parada fuera de programa permite ver el área de trabajo de Regazzoni, un artista que hizo de los galpones cercanos a la estación su casa y su taller.

Ahí apila todos los desechos ferroviarios que puede encontrar (tuercas, tornillos, durmientes, chapas, semáforos, lo que sea), y que luego dan vida a sus obras. El contraste es evidente, un proceso de elaboración sucio, grasoso, polvoriento, ruidoso, que deviene en una posterior exhibición pulcra y silenciosa, en una galería de arte, o en la sala de reuniones de algún apretador.

¿Será la vida de este apretador profesional, a su modo, una obra elaborada como una escultura? Un proceso sucio de amenazas, miedo, estómagos retorcidos —cuando no, el envío de unos matones— y una posterior capitalización en horas de los mejores hoteles y restoranes, de pasajes en primera, de música clásica en equipos de audio de alta fidelidad, de habanos solamente hechos en Cuba.

viernes, 1 de octubre de 2010

Polos opuestos

Para cuando subí al vagón y las vi, ya estaban sentadas juntas. La primera impresión, prejuicio mediante, fue que se trataba de una chica de la calle y una mujer bien, exponiendo desde primera hora al gran público del tren las dolorosas diferencias de nuestra sociedad. Cuando escuché que la señora bien vestida le pedía que identificara ciertas letras en el diario que la nena fingía leer dudé (barajé la posibilidad de que fueran tía y sobrina -hija de hermano hippie-, por ejemplo). Finalmente, cuando escuché que la señora le reclamaba a la niña, con tono maternal, que aun no conocía su nombre confirmé mi prejuicio.

La mujer de cara angulosa, ropa de calidad sin estridencias, anillo de casada en su anular, y de evidente cargo jerárquico en alguna empresa de capitales extranjeros, se mostró (contra mi pronóstico) tierna y dulce. Insistió en corregir algunos errores de la chica que declaró 6 anos y luego 5, y que, evidentemente, aun estaba aprendiendo los números. Festejó cuando la nena distinguió correctamente “esta es la z de zorro”. Luego, cuando pasaron a la sección de deportes, se registró la única divergencia seria: Maradona reclamaba una segunda oportunidad en la selección, y la nena cantó/gritó “Maradó, Maradó”. La señora no ahorro cara de disgusto y le dijo seria, “a mi no me gusta Maradona”. “A mi sí” retrucó la nena y volvió a corear su “Maradó, Maradó”.
Vuelta de página. Quien sabe por qué, el diario tenía una nota sobre los Picapiedras (su existencia estaba completamente exiliada al altillo de mi cerebro). La nena se fascinó con los dibujos y la mujer le explicó cómo se llamaba cada uno, Pedro, Pablo, Vilma y … Betty (ayudaron en simultáneo dos senoras que, como todos, miraban ese extrano encuentro). La nena rapidamente memorizó sus nombres, los repitió y ganó el aplauso de los pasajeros cercanos.
Al llegar a su estación la mujer saludo a la nena, pero fue un saludo seco, había sin dudas algo de dolor en las dos frente a esa despedida. Había también dolor en los que estábamos cerca. La mujer se llevó el diario.
Yo también bajé, inundado de una sensación amarga: cuántas vidas hay boyando por ahi? Cuánto dolor y abandono? La muestra gratis de contención, habrá sido beneficiosa o simplemente reveladora de una carencia insustituible?

martes, 21 de septiembre de 2010

Bufar y patear

Confunde el tren, mitad apuro, mitad su forma de ser.

Fue hábil para colarse, pero nulo en la necesaria averiguación previa. Ahora ve, con pavor, pasar estaciones de largo —encima es un rápido—. Son estaciones del noroeste, y no de su ansiado norte a secas. El norte en el que lo espera —en vano— la chica del chat.

El tiene el número del celu de ella, pero no tiene aparato y no se anima a pedir uno prestado. Su mente no puede pensar, se dedica únicamente a culpar al tren por no tener un equipo telefónico público a bordo. Luego, advierte su absurda elucubración, se autoresponsabiliza y exonera a los trenes tercermundistas. Más adelante (debería decir, más hacia el noroeste) la bronca cobra fuerza, bufa y patea un asiento. Ve gestos de desaprobación y alguno de temor a su alrededor; con esa patadita perdió toda chance de pedir prestado un teléfono.

Se baja Hurlingham, 15 minutos más tarde de la hora en que había acordado encontrarse en Acassuso y tarda 10 más en convencerse de que le paga la multa al guardia o los de seguridad lo llevan al cuartito. Saca de su bolsillo lo último y compra su libertad.

Corre a un público, coloca una moneda residual y llama. El celular de ella no tiene crédito para recibir esa llamada. Tan bienuda no es, deduce y pierde interés. Recorre el centro de una localidad que no conoce, pensando en cómo colarse para volver.

Se olvida de la cheta, mientras conversa con una promotora de un crédito en el acto, solo con DNI, a tasas siderales.

Veinte minutos más tarde la chica de Acassuso se levanta, se quita el prendedor que la identificaba, bufa y patea la mesa. Se va del bar, entre gestos de asombro, triste, convencida de que otra vez, el candidato pasó por allí, la vio fea y siguió de largo.

viernes, 13 de agosto de 2010

Un Taunus Ghía

Palmer (desconozco el origen de su apodo) es un poco nerd. Actualmente destina buena parte de su tiempo a leer revistas de autos, esas que cuentan las innovaciones que se aplican a los de alta gama, muestran fotos de las versiones que se lanzan en Europa y prueban (en rigor, transcriben la prueba que otro hizo) autos con motores de más de 300 caballos.

Quizá sea así, porque de chico era parecido. Cuando veía un auto moderno estacionado, se le acercaba, y relojeaba el interior. Miraba el tablero, el tapizado y hasta las alfombras.

Sus recuerdos más felices son de 1983. En ese año, a la algarabía popular por la vuelta de la democracia —basada en promesas irresponsables que le atribuían facultades casi milagreras—, se sumaba que el equipo de su club, categoría ’72 (que él integraba) había clasificado para las finales.

Era necesario, entonces, ir a lugares más o menos lejanos, en el auto de algún padre futbolero (el papá de Palmer nunca fue a verlo; siquiera cuando jugaba en su club, a dos cuadras de la casa).

Palmer se lanzaba, siempre, al auto del papá de Tito (Ernesto padre), de quien, sin embargo, no era muy amigo. Es que era un Taunus Ghía modelo 82, que conservaba olor a nuevo, y lo hacía sentir como en un avión.

Ni que hablar del día que se jugó la semi. Todo gris, encapotado, oscuro. Parecía de noche. Ernesto padre encendió las luces y el tablero se alumbró orgásmicamente de un verde botella.

Palmer, entró en el segundo tiempo. Perdían 2-0. Ya en la cancha corría jugando a que manejaba el Taunus. El piso estaba mojado, y en un corner conectó un rebote y puso el 2-1.

Ya casi no quedaba tiempo y el partido terminó así. Hubo algunas puteadas entre los pibes, pero Palmer se dio por bien pagado: el tablero iluminado, el gol, algún reconocimiento tibió por su derechazo, para él estaba bien.

Lástima que el padre de Tito dijo que no volverían al barrio, que iban a lo de la abuela. Así que Palmer tuvo que volver en la caja de la citroneta del padrastro de Ramírez (que no tenía apodo). La lluvia se largó con todo y una gotera se encarnizó con él.

Al año siguiente Tito se mudó y el Taunus se fue del barrio.

Hoy, en Nazca y la vía, Palmer vio venir un Taunus, medio desvencijado, con las ruedas formando un dudoso ángulo con el piso. Le pareció que era el de Tito —“lo sentí”, dijo después al relatar el suceso—.

El Taunus encaró la vía decidido —como a unos 70km/h (calcula Palmer, con base en nada)—, y el paso a nivel le cobró una rueda. Los vecinos llaman al pozo en cuestión "el hocico", por su similitud con ese distrito anatómico animal.

Palmer corrió hacia hasta allí, e intentó ayudar al actual dueño del auto —que se resistía a dar datos de cuándo y dónde lo compró— a correrlo del lugar. Pero la ayuda fue inútil, hizo falta una grúa.

El tren estuvo interrumpido una hora quince, en la que Palmer se dedicó a mirar el auto y tocarlo un poco. El de Tito tenía una virgencita de plástico pegada sobre la guantera. Este no. Pero Palmer reconoció en la veta de la madera de la guantera una cicatriz "con forma de virgencita". Evidente que ahí estuvo pegada, dijo Palmer con toda certeza.

miércoles, 4 de agosto de 2010

Que tenga cura


Ella no era baja, pero él era muy alto. Así, la cabeza de ella reposaba en el sector bajo del pecho de él, que se encorvaba torpemente.

Las líneas que dibujaban esos cuerpos no eran estéticas. Como no lo era el espasmódico sollozar de ella, ni el fingido gesto de dolor con el que él la contenía, propio de actor de telenovela de producción barata.

En él había además, cierto aprovechamiento. La acariciaba de un modo que, seguramente, ella no permitiría en una situación distinta, ajena a esa soledad que trae el dolor.

Ella estaba múltiplemente abrigada (tapado, gorros, guantes, bufanda). Pero el frío no la soltaba, parecía provenir de su interior.

De la mano de ella colgaba una bolsa de buen polímero. Las manijas eran firmes y tenía dos logos. Uno de una empresa de películas fílmicas. El otro de un centro de diagnóstico por imágenes.

viernes, 16 de julio de 2010

Playon de maniobras "Maniobrame papi"

El playón de maniobras quedaba al lado de la estación, que quedaba en las afueras del pueblo, que quedaba en un rincón olvidado de la provincia.

Ahí mismo, un galpón venido a menos, ante el desuso ferroviario, albergó copas de poco monto y sexo sucio y frío.

Nadie en el pueblo lo ignoraba. Muchos hombres, claro, tenían conocimiento directo del asunto. Pronto, esta situación fue aplicable también a los pueblos vecinos.

Escuché a un hombre grande decir que hubiera preferido la vida al revés: de joven el burdel y de viejo tener un tren que ir a saludar.

Un día llegó una patrulla de salubridad y cruzó fajas en las puertas precarias. Fue la comidilla del pueblo.

Cuentan que un abogado se presentó ante el juez y planteó una nulidad (cuestiones de forma). Dicen también que deslizó como al pasar que evaluaba recusarlo y ofrecerlo como testigo; que había información acerca de alguna presencia suya en el lugar.

Pocos días después, el juez constató que el procedimiento estaba viciado de nulidad. Todo volvió a la normalidad.

viernes, 2 de julio de 2010

Clonados

El tren brinda algunas satisfacciones.

Por un lado, las satisfacciones inherentes al servicio, o sea, el transporte ágil para muchas personas, sin embotellamientos, ni frenadas constantes, etc.

Por otro, satisfacciones del orden del realismo mágico. Hay varias, pero hoy me detendré en un fenómeno que he verificado en más de una ocasión. Se trata de “los clones de los famosos mediocres”.

De golpe, en una estación intrascendente sube un tipo (o mina) que, es evidente, responde al mismo patrón genético que alguno de esos tipos (o minas) mediocres, que deambulan por canales de televisión, obteniendo réditos que los ponen en autos lujosos y no en vagones desvencijados. No me refiero a tipos talentosos, artistas de fuste, etc. Siempre son mediocres que, por fortuna, cayeron parados en la ruleta de la vida.

He visto a un Marley (el local, claro) vencido por el día, con un dolor de cabeza interminable, retornando a una casa en la que le espera un escritorio y una luz de lámpara para seguir leyendo el bibliorato que se llevó de la oficina. En alguna otra ocasión vi a un Jacobo, todo transpirado, putear porque un punguista quiso meter la mano en su bolsillo —insulta igual (es igual aunque más vaqueteado), pero sin cámaras que lo filmen—. Vi un Ventura recibir un cachetazo por aproximarse demasiado a una dama. Una Francese frustrada por el nuevo aplazo en la previa que le quedó (literatura).

¿Realidades paralelas? ¿Justicia cósmica en curso? ¿Es vil catalogar estas experiencias como “satisfacción”? Lo único cierto es que, si prestás atención, los ves.

viernes, 25 de junio de 2010

de Barberías

He desarrollado, no sin cierto orgullo, una gran flexibilidad peluquera. A diferencia de muchos conocidos (amigas varias y algunos amigos un tanto metrosexuales) no estoy atado a las tijeras de tal o cual coiffeur, sino que, a la hora de elegir barbero, me guío, exclusivamente, por un criterio de cercanía.

Salvo un breve período de vida palermitana, en la que la peluquería mas cercana tenía nombre alternativo, colores estridentes y chistes recortados de algún diario en el sector del techo que cubría los lavacabezas (qué bichos raros, por cierto), siempre me atendí en la típica peluquería de barrio (mi cabello tosco, cada vez más escaso, no amerita mejores esfuerzos).

Ahora vivo en un barrio de poco peluquero, y la pelu más cercana es, también, muy alternativa. La probé, me hice amigo del fulano que atiende, pero ya no vuelvo a cortarme… no es lógico esperar tres horas, entre señoras llorosas, travestis adrenalínicos y revistas gente y paparazzi.

Una vez más el tren me salvó: yendo al laburo, y a dos cuadras de Retiro, tras un local vidriado, encontré tres viejos peluqueros con todas las de la ley. No lo dudé y ahí entré.
Mientras siga esta geografía de vida, ésta será mi peluquería pese a la traumática vivencia que experimenté, por cierto muy ajena a la noble actitud de los tres señores peluqueros.

Es que, sentado en el trono del centro, tras dar una escueta instrucción, mirando de reojo la tele 14 pulgadas que es soportada por unos indisimulados hierros negros, advertí la entrada de un grupo familiar y, paralelamente, el depósito de un niño.
Veamos. Una señora, con dos hijas pre-adolescentes y un tercer chico (que iba, justamente, a ser peluqueado) ingresaron casi al mismo tiempo en que otro chico, algo menor, era dejado por (supongo) la chica que (no) lo cuida, quien se limitó a informar que lo pasaría a buscar en media hora y se fue sin siquiera decirle chau.

A mi izquirda, madre y hermanas se instalaron tras el trono del menor y deliberaron, instruyeron y, sobre todo, aturdieron acerca de cómo querían el largo del pelo, la caída del flequillo, el descubierto pero no tanto de las orejas… etc. El chico, resignado, convertido en muñeco, no opinaba. A la derecha el otro chico tampoco opinaba, sólo hombros levantados y cara indiferente, ante la pregunta obvia: ¿cómo lo querés, cómo Messi?

Por un momento pensé que el uno envidiaba al otro y viceversa, luego que no existen buenas realidades.

miércoles, 16 de junio de 2010

Bastones blancos

Plena hora pico, una isla de conversación en el océano de cuerpos callados, en continuo movimiento, expulsados de la terminal.

Inevitable mirarlos; dos ciegos charlando. Se reían como ex compañeros de escuela que de pronto se reencuentran.

¿Cómo se habrán reconocido? me pregunto; mientras ellos se cuentan, con lugares comunes, actualidades apenas soportables.

Sus cuerpos, en cambio, reviven pasados realmente prósperos, de adolescencia, de endorfinas, de deseo jamás concretado. Es curioso, lo noto en sus ojos.

Inevitable escucharlos; ella le dice: ésta es mi hija. Entonces, detrás de unos anteojos de vidrio grueso, la nena alza su vista y lo mira tímida. Él extiende su brazo, bastón colgando, y con naturalidad tantea una cara que se deja hacer.

Por último, escucho: ¡qué linda!

martes, 8 de junio de 2010

Estoicismo

De un lado los andenes, y cientos (¿miles?) bajando. Algunos embudos con forma de molinete y, del otro lado, el hall central con pretensión de país potencia. Pero también con churros y loterías muy locales, con perros policías y rincones hechos camas provisorias (o definitivas). En ese hall también hay una virgen (una imagen de) enclaustrada en box de acrílico transparente.

Al bajar del tren, suele haber prisa que, sumada al efecto embudo, se traduce en empujones y codazos. Yo los soporto estoico, y los aplico más estoico aún.
El otro día, los recibí de una mujer a la que luego vi (¿perder?) varios segundos con su mano apoyada en el acrílico protector de la virgen.

Continué estoico.

viernes, 28 de mayo de 2010

Indique su destino

La madre de Marion estaba algo aliviada. La internación había quedado atrás, y la clínica de día era más llevadera. Marion había vuelto a viajar sola, ayudada por el hecho de que, simplemente, debía cubrir un trayecto de tres estaciones.

Marion, de infancia difícil, no sobrellevó bien su adolescencia y al final de ella hizo un crack. Pensaba de manera asfixiante que su destino estaba escrito con letras cargadas de muerte y que no había nada por hacer, salvo acelerarlo. El destino volvía a su mente una y otra vez. Siempre el destino.

Esa mañana se consumaba un hito más en la recuperación. Su madre la vería salir del edificio y doblar la esquina rumbo a la estación, pero ya no iría caminando al lado de ella, ni aguardaría a que tome el tren (algo que avergüenza sobremanera a Marion).

Ese día, no se supo bien por qué, el servicio se había interrumpido. Marion decidió no achicarse e ir sola, pero en colectivo. ¿Desde cuando un loco no puede tomar un bondi?, dijo para sí y esbozó una sonrisa medicada.

El gentío dificultó el ascenso, pero igual lo logró. Hacía mucho que no tomaba un colectivo. Recién un par de paradas después de haber subido se enfrentó a la máquina expendedora de boletos que, con cinismo, desde un LED verde, le dijo “INDIQUE SU DESTINO”. Algo volvió a hacer crack en Marion.

viernes, 14 de mayo de 2010

Llevar a nadie*

El frío filtraba por debajo de la frazada. Su cuerpo dormido rotó y su brazo derecho abrazó el colchón o, si se quiere, el vacío que había dejado Martita.

Cuando se fue, lo vivió con alivio, con esperanza -bajó unos kilos y todo-, pero hoy ese alivio se desdibujó y la soledad pesa demasiado.

En el sueño caminaba una ciudad sin gente, las calles eran suyas, y también las propiedades desiertas, pero eso no lo contentaba. Al contrario, su angustia crecía y se despertó transpirado pese al frío.

Faltaba bastante para ir a trabajar, pero igual abandonó la cama y empezó su día. Tomó un café solo, solo.

Ya en su trabajo está repitiendo la cómoda rutina, de Córdoba a Independencia, parando en Corrientes y Belgrano, y volver. Y así otra vez.

El tren tiene más denuncias que estaciones y corre sobre vías inconclusas, prometidas con descaro por sonrientes políticos de todos los colores. Alguna vez, cada tanto, sube algún turista, pero en general viaja solo. No conduce a nadie, es un tranvía sin pasajeros.

Hoy todavía no subió nadie, su cara muestra una mueca hija de la sensación de trabajar inútilmente y del nulo contacto con personas.
* Gracias Ale S., que al cruzar por Puerto Madero, me llamó para contarme sobre la cara del chofer de un tranvía sin pasajeros.